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Es algo normalmente anormal



Por Tomas Fonseca (@tomfonseca)
LA COLUMNA

El fútbol argentino esta gobernado primordialmente por dos “ismos”: el resultadísmo y el existismo. Temporada tras temporada ambas concepciones se van insertando y alojando con naturalidad en el imaginario colectivo del fútbol argentino.

La inmediatez y la voracidad por triunfos signan el balompié nacional y los proyectos a largo plazo no tienen espacio para desarrollarse. Tanto a nivel estructural e institucional como a nivel deportivo, se apunta casi con exclusividad a los fines y son contadas las ocasiones en las que se atiende y se le brinda un lugar de importancia a los medios, al proceso.

En este contexto, dirigentes, hinchas y periodistas, frente a una serie de resultados adversos, encuentran en la dirección técnica de los equipos el mejor modo de descomprimir situaciones negativas. Los entrenadores se convierten con facilidad en los chivos expiatorios y a los pocos partidos se los retira de sus puestos, muchas veces con el velo de la renuncia. Las estadísticas avalan estas líneas. En Primera División, en 11 fechas se fueron 10 técnicos, en la B Nacional en 30 partidos perdieron su trabajo 24 entrenadores, y en el Tornero Argentino A, en 32 semanas de competencia hubo 32 cambios en los responsables de la modalidad de juego de un equipo.

Los directores técnicos quedan expuestos, en soledad y como los grandes culpables del mal desempeño del equipo. Con sus salidas, se evitan los análisis profundos y serios. Con la llegada de uno nuevo, se hace borrón, cuenta nueva y con rapidez inicia un nuevo ciclo.

Frente a esto, desde algunos sectores, a los cuales adhiero, se pide aunque sin mucho eco en los hechos, la necesidad urgente de que nuestro fútbol tenga como prioridad el trabajo sostenido en el tiempo. Los planes no deben pender de una variable tan nimia como si la pelota entró o no entró en el arco. Se debe comenzar a contemplar y examinar las labores de los cuerpos técnicos desde una óptica más cualitativa que cuantitativa.

En los últimos días se dieron dos casos inversos y que operaron de una forma diferente al paradigma que impera. Fueron los propios entrenadores los que tomaron la iniciativa de retirarse de los procesos y en plena pelea por ascender.

Ricardo Caruso Lombardi optó por dejar Quilmes, peleando por subir a Primera y asumió en San Lorenzo, luchando por no bajar a la segunda categoría. Salvador Pasini dimitió de Estudiantes de Buenos Aires, segundo en la Primera B Metropolitana y se hizo cargo de Chacarita, asfixiado por el promedio en la B Nacional. Ambos alegaron que eran oportunidades únicas. Esbozaron que subir de categoría y tomar las riendas de clubes históricos e importantes, eran cuestiones de vital importancia en sus carreras.

Celebro y comparto las ganas de progresar; de encarar nuevos y cada vez más difíciles retos. En estos casos, verdaderos desafíos deportivos. Pero en tiempos donde desde ciertos campos se brega para que los técnicos no sean simples depositarios de todos los asuntos negativos: ¿El tiempo y la forma de las decisiones que tomaron Caruso y Pasini, desarticularon y fueron en contra del pedido por respetar los proyectos a largo plazo? ¿O hay que comprenderlas desde la arista del crecimiento profesional? Dejando sus puestos a la mitad de la temporada, ¿Actuaron de manera correcta porque, como dijo Caruso, “cuando los dirigentes quieren, te echan”? ¿O han tomado un camino desacertado, puesto que al irse aportaron un granito más en la naturalización de la interrupción de los procesos?


Tomas Fonseca
Jugador de Colegiales
Estudiante Comunicacion Social UBA

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