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CUANDO EL FÚTBOL DEJA DE SER UN JUEGO

Foto: Clarin.com



Por @EzeKilmot

Hace unos días charlaba con un amigo psicólogo, fana de Racing y de Defensores de Salto, su ciudad natal. Hablábamos de las presiones que existen en el fútbol profesional y de lo difícil que es para los jóvenes insertarse en ese nivel, sobre todo en esta época del año donde los torneos llegan a etapas definitorias. Algunos equipos sufren la presión de tener que ganar un campeonato o lograr un ascenso que viene negándose, y otros la de salvarse del descenso. Esta última en general es mucho más “pesada”. Cargar con la “mochila del descenso” es realmente muy complicado. Todos los partidos parecen los minutos finales de un encuentro donde vas perdiendo y quedás eliminado. Es prácticamente imposible lograr tranquilidad para jugar con claridad. Hay nerviosismo, hay errores infantiles, hay falta de confianza. 

Para los entrenadores recurrir a los jóvenes en un momento así es realmente difícil. La presión existente puede ser demasiado para un futbolista que inicia su carrera. Hace días, Miguel Ángel Brindisi, flamante director técnico de Independiente fijó su postura: “un chico puede perder la alegría de sus primeros pasos si lo hacemos responsable de un momento crítico”, y justificó así su decisión de incluir a los más experimentados en el tramo final del torneo donde “el rojo” podría descender por primera vez en su historia.

Lamentablemente para los más chicos ganarse un lugar en estas condiciones es casi utópico. Si existe un momento ideal para que un futbolista debute en Primera sería cuando su equipo se impone como visitante, y nunca cuando está perdiendo de local. Y menos aún si el club en cuestión lucha por la permanencia. No es el escenario propicio para que un joven pueda desplegar sus habilidades, sino todo lo contrario.

Las instituciones suelen depositar muchas ilusiones en sus “canteras”. Lo veo a diario en las coberturas que hacen de los partidos de sus inferiores, en la importancia y en la difusión que le dan. Y hacen bien, porque son su patrimonio, pero el salto a Primera en ocasiones es un obstáculo insalvable. Está lleno de casos de pibes que “la rompen” en 4ta, 5ta ó 6ta división, pero que luego no logran afianzarse en el primer equipo. Las razones son múltiples. Considero una de las principales el hecho de comenzar a competir por dinero contra hombres ya formados, que no dudan en “pasarles por arriba” si eso hiciera falta para ganar un partido. Entonces el fútbol deja de ser un juego y se convierte en un trabajo. Mucho más en el caso del ascenso, donde los jugadores son trabajadores que viven prácticamente al día, que en su mayoría tienen familias que mantener y que muchas veces enfrentan atrasos de dos o tres meses de sueldo. 

Por eso creo que en lugar de estar pendientes de si la octava ganó 5 a 1, con cuatro goles del “9” -‘que es un fenómeno’-, o de si la quinta obtuvo un triunfo clave y es puntera, en los clubes deberían apuntar a darles herramientas a sus jóvenes futbolistas para que no sufran el paso a Primera División y puedan consolidarse, porque ahí está su real ganancia. Obviamente que no todos “llegarán“, pero es posible que aquellos con buenas condiciones para ser profesionales no queden en el camino por cuestiones extra futbolísticas (problemas con la familia, de comportamiento, físicos, de alimentación, etc.). Ese paso tan difícil de dar, bien podría ser menos traumático si los equipos contaran con una línea de formación definida. Y los jugadores profesionales podríamos contribuir a dicho proceso aportando nuestras experiencias y señalándoles a los juveniles cuáles son las exigencias que encontrarán el día que tengan la suerte de ser promovidos al plantel superior.

El nivel de competitividad física y mental que los chicos enfrentan al llegar a Primera no es fácil de sostener. Deben madurar rápidamente. Cada entrenamiento es un examen, y si quieren jugar deben demostrar que están a la altura de las exigencias. En un partido “por los puntos” un error puede transformarse en un gol en contra, y ese gol puede acarrear un resultado negativo, y adiós entonces (por ejemplo) al premio en dinero acordado por ganar esa tarde. Por lo tanto, la parte lúdica del juego rara vez ingresa a la cancha.

Y si esto que señalo lo trasladamos a un club grande, sea de la categoría que quieran, todo se magnifica. Las repercusiones son multiplicadas por la mayor presencia de los medios de comunicación, y las exigencias crecen de la mano de parcialidades cuantitativamente superiores. Cualquier jugador de un equipo importante ve alterada también su vida privada. Cuando las cosas marchan bien no hay problemas, en la calle la gente saluda y alienta, el vecino felicita e inclusive pueden pedirte un autógrafo mientras cargás nafta. Pero cuando la campaña no es la esperada muchos futbolistas hasta dejan de llevar a sus hijos al colegio.

Otro aspecto importante es la conducta de los juveniles dentro de un plantel. La sociedad cambió, los chicos cambiaron, no es una novedad. Hoy en día es un problema para los más grandes “llegarles” a los jóvenes, y también ponerles límites sin caer en el autoritarismo. Hacerles entender que lo que les decimos es para su bien, y para el bien del grupo. No es sencillo, porque muchas veces no toman conciencia del lugar que ocupan y no son todo lo responsables que deberían ser. Es que, en definitiva, son pibes. La clave para una buena convivencia está, creo yo, en mantener un diálogo fluido y en enseñarles a través del ejemplo. Si les llamás la atención por llegar tarde a entrenar, no podés hacer lo mismo al día siguiente. Hoy los chicos no pasan por alto esas cosas.

Dicho esto, esta tarde debutó en San Telmo un juvenil de 19 años, Juan De Tomaso, mediocampista central y producto de las inferiores candomberas. Un “5” clásico, a la antigua. Flaco, alto y de piernas largas. Cabeza levantada, pelota siempre al piso. Muy buena técnica y la convicción de darle al balón un buen destino. En un equipo muy complicado con el descenso y en un campo de juego en malas condiciones, la pidió y la jugó siempre bien. Salió promediando la segunda etapa y lo aplaudió de pie toda la platea. Un chico a seguir. Fútbol, ¡bendito seas!

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