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EL CIELO SE VOLVIÓ TRICOLOR



Por @tomfonseca

“Algunos intelectuales quedaron en orsay al discriminar al fútbol y a los futboleros. Pero, por suerte, otros lo han elevado a un espacio sólo reservado a los goles de triunfo sobre la hora: la militancia literaria racinguista de Roberto Santoro, la narrativa azulgrana de Osvaldo Soriano, la melancolía de potrero de Alejandro Dolina, y el universo canalla que escribe y dibuja el Negro Fontanarrosa.”[1]Alejandro Apo.

Cuando la red se infló de gol tras el penal ejecutado con la pierna derecha del hábil volante Oscar Villamayor, Brown de Adrogué llegó al punto más alto y más sublime en sus 68 años de historia: lograr el ascenso al Nacional B, la segunda categoría del fútbol organizado por AFA. Hito que consumó vía la obtención del Torneo Reducido de la Primera B Metropolitana.

Pero en ese emotivo instante, además de beber de las mieles de la gloria, quedó concretizado y reconocido en el triunfo deportivo, el trabajo a largo plazo, serio y sólido que el “Tricolor” adroguense ha venido enarbolando como bandera en las últimas temporadas. Hecho que lo situó como un caso paradigmático en lo que refiere a la ejecución de un “proyecto”, concepto tan pisoteado y manoseado en nuestro fútbol.

Es muestra de esto que en las últimas cuatro temporadas sacó más de 50 puntos (2009-2010, 54 puntos. 2010-2011, 70 unidades. 2011-2012, 69 puntos y en la actual, la 2012-2013, 63 puntos) con el agregado de que disputó el Reducido de la divisional en las últimos tres campeonatos. Paradójicamente, la clasificación al torneo petit de este año fue la más sufrida y difícil en términos comparativos con las otras. Obtuvo la plaza en la jornada final del certamen regular, al ganarle a Temperley como visitante, usufructuar la derrota de Estudiantes de Buenos Aires a manos de Platense, igualarlo en 63 puntos y hacer valer la diferencia de goles que poseía (+ 19 contra + 15)

El gran arquitecto de esta campañas mencionadas anteriormente y el artífice del gran crecimiento de Brown de Adrogué y su consecuente presente de felicidad es Pablo Vicó. Más allá de las historias de color que empiezan a circular en los diferentes medios de comunicación sobre su historia personal y trayectoria en el club, es necesario destacar que llegó al banco de la Primera en la campaña 2008-2009 luego de la salida de Juan Carlos Kopriva, y desde allí nunca más abandono ese puesto. Algo impensado en estos tiempos donde el fútbol se come técnicos vorazmente y donde el resultado marca el ritmo y los ánimos de las decisiones dirigenciales y los humores de los hinchas.

Gran valor también posee un grupo de jugadores (hoy por hoy pilares) que lo fue acompañado en todo este proceso y que tienen larga data en Brown de Adrogué. Oscar Villamayor llegó en 2006. Gustavo Ruiz Díaz en 2009, Leonel Unyicio, Facundo Lemmo, Guillermo Esteban y Martín Fabbro, que arribaron en 2010, Gastón Grecco y Martín Minadevino, en 2011. A estos y a otros, se sumaron para el torneo que recientemente expiró y fueron claves, el arquero José Burtovoy, los defensores Joel Barbosa y Gastón Schmidt, los delanteros Jonathan Tridente y Cristian Bordacachar, ex Tigre

A la par con el desarrollo futbolístico, y completamente entrelazado con el mismo, se dio el crecimiento institucional. Es fácilmente palpable esta noción con un ejemplo simple pero no menor: el estado del césped de la cancha. Impecable, verde, parejo, es un elemento (oculto) clave para que el cuadro de Vicó haga buen fútbol, a ras del piso, una especialidad de la casa. Por otra parte, es vox populi entre jugadores en particular y en el ambiente del fútbol en general, que la institución se ordenó económicamente con el paso de los años, y que se cumple todo en tiempo y forma, fundamental para que jugadores y cuerpo técnico estén tranquilos a la hora de competir.

Quedará para siempre en el recuerdo de los hinchas, en anécdotas de asados y en el comentario de la previa de algún partido, los penales atajados por Burtovoy en las semifinales y en la final del Reducido, el equipo recitado de memoria por algún viejo (o joven) sabio y por que no también, los bigotes de Vicó. Pero lo que perdurará en la retina de todos, es la demostración de que se puede (y se debe) apostar por el trabajo. Edificar bases para luego consumar resultados concretos, positivos, tangibles y no victorias fugaces y esporádicas, productos del azar que fácilmente se derrumban cuando la pelota, caprichosa, deja de entrar al arco.

Se viene una nueva aventura para Brown, donde, entre otros rivales de gran fuste, enfrentará a Independiente, “el Rey de Copas”. La temporada venidera se empezará a diagramar y pensar a la brevedad. A la vuelta de la esquina emergerá un torneo exigente, largo y con muchos viajes. Pero hoy esta permitido (y casi diría que es obligatorio) disfrutar y soñar despierto. Enorme campaña, gigante final. Premio al trabajo, a la seriedad.




[1] TIRAR LA BRONCA. Por Alejandro Apo. Literatura de la pelota, Jorge Santoro. Ediciones Lea 2007.

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