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CRUZANDO LA LINEA

Nadie pensaba que se iba a llegar a este punto. Ya no quedaban dudas que el fútbol argentino tocó fondo, y que a menos que se hiciera un cambio profundo, el cuerpo estaría pronto tomado por la enfermedad. Nadie dudaba de eso, es cierto. Pero podía esperarse. Luego de nulas políticas en materia de seguridad y prevención, luego de un sistema de ingreso biométrico que quedó en desuso, luego de un Afa Plus que todavía sigue esperando su salida, la violencia está ya no instalada, sino que es parte del complejo sistema del fútbol argentino.

Lejos de funcionar como "seguridad", los organismos solo prometen soluciones mágicas para erradicar la violencia, mientras por debajo de la mesa alimenta al monstruo que está comiendo la mano que le da de comer.
Y ya ni siquiera es justo hablar de violencia, porque todo el mundo sabe que esto no es violencia. Es algo más.

Ayer, alrededor de las 23, la casa del presidente de Los Andes, Oscar Ferreyra, que queda a tan solo diez cuadras de la cancha, fue baleada por agresores aún no identificados. "Es una cosa increíble, estamos aterrorizados", comentaba ayer el mandamás ante los medios que lentamente se hacían eco de la noticia. Rato más tarde, la comisión directiva presentaba su renuncia.

Queda claro que los hechos vienen aunados a todo el altercado violento que acarrea el club, como la suspensión del estadio por las internas de la barra y la asamblea del sábado en la que se intentó acordar con Aprevide el permiso para jugar de local en el Gallardón. Lo cierto es que los organismos que se encargan de la seguridad en los estadios, siguen poniendo trabas a los hinchas para ver a sus equipos cuando es palpable que el problema es externo.

La violencia y malas prácticas se instalaron en un país que nunca ha logrado ponerse los pantalones largos para afrontar el problema.

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