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Los Sustitutos



Por Santiago Ludueña

¿Qué pasaría si la revancha entre Argentina y Alemania no la jugasen los jugadores mundialistas, ni los europeos que no fueron a Brasil, ni siquiera de los jugadores del Nacional B? A un mes de aquella dolorosa derrota en Rio, y a tres semanas del reencuentro en Düsseldorf, esta pregunta se responde. En clave de ficción.
“Muchas gracias. Pero no quiero jugar este partido”.

Esa era la frase que más sonaba en los teléfonos del edificio de Viamonte 1366. La convocatoria de la selección argentina para el 3 de septiembre en Düsseldorf era un fracaso estruendoso. La palabra “Alemania” era suficiente para poder pronunciar la decimocuarta y la decimosexta letras juntas.

Ninguno de los 23 jugadores que jugaron el Mundial de Brasil aceptó la propuesta. Ni Javier Mascherano, quien era capaz de traer el vuelto de la negociación con los fondos buitres, ni Augusto Fernández, único jugador de campo que no sumó minutos. Ninguno de aquella nómina que eligió Alejandro Sabella aceptó volver a verle la cara a aquellos que aquel 13 de julio transformaron el sueño en una auténtica pesadilla. Aquellos que frenaron en seco las ilusiones albicelestes en tres mundiales consecutivos.

Luego, se bajaron aquellos “europeos” que no fueron convocados a Brasil. Ever Banega, Nicolás Otamendi y José Sosa aún seguían ofuscados por ser quienes “ligaron” el último corte. Mauro Icardi prefirió pasar la jornada libre con Wanda. La sensación que quedó flotando en el ambiente era que ninguno quería ser el segundo de nadie.

Jugar contra Alemania después de haber perdido la final era lo mismo que encontrarte en la calle con el asesino de un ser querido. No sólo por el dolor causado, sino también porque hagan lo que harán, nada ni nadie harán que se repare lo irreparable.

Había que buscar en los equipos de Primera. Pero eso se desestimó de raíz porque pensaban que “si tres jugadores del ámbito local convocados generaban tanto espamento, imagínate 20”. En la B Nacional sucedió lo mismo, pero porque ninguno quería resignar nada frente a aquel torneo que entregaba la friolera de 10 ascensos.

Luis Segura, quien heredó el cargo del difunto Julio Humberto Grondona, pensaba cancelar el partido, con el riesgo de generar un papelón de índole mundial. Pero eso mismo hizo que tenga que apelar al último de sus planes: convocar a los equipos de la B Metro/Argentino A para abajo.

A pesar de que sonaba ridículo, era un plan con triunfo asegurado: si perdían, era porque no fueron con los mejores jugadores. Y si ganaban, esta actuación iba a quedar para el recuerdo. Aun sabiendo que lo único que podían ganar era el título de “Campeones del mundo no oficiales” (1), todos iban a hablar de “el equipo del ascenso que arruinó la fiesta a los alemanes”.

Gerardo Martino, quien heredó el cargo de Sabella, estaba en un plan muy difícil: reunir los 20 mejores jugadores del ascenso, sin importar la categoría. Y encima en poco tiempo. Agarró las revistas especializadas de las últimas fechas de la temporada pasada, ya que ver videos de cada uno de los partidos requería de tiempo, algo que faltaba. Se fijó en las diversas estadísticas de cada equipo, para poder armar el plantel que iba a enfrentarse en su casa a los poseedores de la Copa FIFA.

Tras un día sin dormir, literalmente, estudiando las estadísticas habidas y por haber, entregó la nómina de 20 jugadores. Tras ello, se llamó a una conferencia de prensa, en donde Ernesto Cherquis Bialo, vocero de la AFA, mencionó estos nombres:

Arqueros: Albano Anconetani, Defensores de Belgrano. Darío Sand, Libertad de Sunchales.

Defensores: Pablo Batallini, Barracas Central. Franco Zambrano, San Martín de Tucumán. Darío Carpintero, Excursionistas. Leandro Martínez Montagnoli, Estudiantes de Buenos Aires. Gastón Bottino, Tristán Suárez. Iván Nadal, Platense. Richard Schunke, Almagro.

Mediocampistas: Rodrigo Archubi, Sportivo Italiano. Oscar Negri, Cipoletti. Jonathan Campo, Defensores de Belgrano de Villa Ramallo. César Montiglio, Talleres de Córdoba. Dante Zuñiga, Platense. Marcos Brítez Ojeda, Tristán Suárez. Nahuel Fioretto, Defensores de Belgrano.

Delanteros: Damián Akerman, Deportivo Moron. Facundo Diz, Tristán Suárez. Wilson Severino, Atlas. Abel Soriano, Barracas Central.

Los periodistas presentes se miraban confundidos unos a otros. Todos creían que era un chiste. En medio del estupor, le preguntaron al exconductor de “Tribuna Caliente” si estaba hablando en serio. Él contestó: “Sí. Esta lista es en serio. Lo que pasa es que ellos eran los mejores jugadores disponibles”.

A partir de allí se empezó a hablar sobre “La primera lista de Martino”. Todos preguntaban acerca del porqué de esta convocatoria a jugadores del ascenso. Se esperaba una humillación histórica frente a los campeones del mundo. “Era mejor no presentarnos”, fue la frase que más se escuchó en todos lados.

Por el otro lado del Atlántico la situación era la misma. Títulos como “Fiesta asegurada” se repetían tanto en diarios serios, tal el caso del “Süddeutsche Zeitung”, como en tabloides, principalmente el “Bild”. Todos creían que aquel futuro partido del 3 de septiembre iba a ser más parecido al de Sudáfrica que al de aquella final.

A Martino y a sus dirigidos no le importó poco esta situación, y entrenaron en reiteradas ocasiones en el Predio Julio Humberto Grondona, también conocido como “El predio que la AFA posee en Ezeiza”. Algo que no sucedía desde las “selecciones locales” de Basile, Maradona y Batista, aquellas que jugaban contra rivales de poquísima monta, y que tuvieron una influencia casi nula en el armado de las listas mundialistas.

Pasaron los días, hasta que el 31 de agosto llegó. La comitiva argentina se embarcó en un vuelo de Lufthansa con destino a Alemania. Casi ninguno de los jugadores se había embarcado en un vuelo semejante. Uno de los pocos que podía ostentar eso era Rodrigo Archubi, quien fuese compañero de camada sub 20 de Lionel Messi, Sergio Agüero, Ezequiel Garay, Pablo Zabaleta y Fernando Gago, por citar a alguno de los “graduados” de aquella selección campeona 9 años atrás en Holanda.

Luego de entrenarse en Herzogenaurach, en aquel predio donde la selección de Pekerman se concentró para el Mundial de 2006, el 2 de agosto fueron a Düsseldorf. La tierra prometida. Ingresaron al imponente ESPRIT Arena, un estadio que no tuvo la dicha de ser escogido para el Mundial, pero que, no obstante, tiene detalles arquitectónicos destacables, siendo el principal su techo corredizo.

Durante el reconocimiento del terreno de juego, Martino les anunció a sus dirigidos la formación titular para el día siguiente: Anconetani; Batallini, Martínez Montagnoli, Schunke y Nadal; Montiglio, Britez Ojeda, Zuñiga y Archubi; Akerman y Soriano. El capitán fue Archubi, principalmente por aquel pasado glorioso con Messi y compañía.

Llegó el día. Aquel día en donde todos creían que la victoria alemana era más anunciada que la muerte de Santiago Nasar. Incluso varias casas de apuestas retiraron la que correspondía a quién iba a ser el ganador. Las osadas que aún la mantuvieron pagaban apenas 1,01 por un triunfo teutón, y 250 por el argentino. Todos aguardaban que aquella historia escrita el 13 de julio en el Estadio Jornalista Mario Filho se repitiese, y con varios goles en su haber.

Mientras tanto, los elegidos se estaban probando la nefasta camiseta azul, tal hermosa como engualichada. Allí, el exentrenador de Newell’s, Paraguay y el Barcelona pidió un poco de atención, para realizar la arenga: “Ustedes están ante una oportunidad histórica. No me importa lo que diga el afuera. Ellos no saben cómo nos preparamos. Tomamos esto como si fuese una revancha. No sólo como una revancha para la Selección, sino también como una revancha para ustedes mismos. Se rompieron el orto en cualquier tipo de cancha, sea un barrial, sea con un montón de pozos, sea con o sin tribunas. Merecen jugar un partido así, aunque el destino realizó muchos guiños para que estén en este lugar. Si ganamos, lamentablemente no pasaremos a tener una estrella más y ellos una menos. No vamos a tener el escudito dorado en nuestro pecho. No vamos a levantar la copa. Pero se llevaran con ustedes mismos la misma gloria que se hubiesen llevado si hubiesen jugado y ganado la final. Vamos!”.

En el túnel, nadie miró a la cara a los alemanes. Sabían que una mirada a ellos podía desconcentrarles. Pero no. Todos los ojos iban dirigidos al verde césped primero, y a la bandera nacional después. El momento del himno fue más que emotivo para todos ellos. Lo vivieron abrazados unos a otros, casi llorando, al mejor estilo de “Los Pumas”. Luego de apretar manos con los rivales, siendo la primera vez en la que los ojos de ambos se cruzaron, y del sorteo entre los dos capitanes, Archubi por el lado visitante, y Bastian Schweinsteiger por el dueño de casa, con el árbitro inglés Mark Clattenburg como testigo, se juntaron los once argentinos, y se arengaron entre sí. “No hay que tenerles miedo” fue el leit motiv de aquellas palabras.

A pesar de ello, Alemania fue el claro dominador de las acciones en los minutos iniciales, donde el frente de ataque se floreó a más no poder. En el segundo minuto, Thomas Müller estrellaba un remate en el palo izquierdo de Anconetani. Luego, Albano tapaba un disparo lejano de Özil. Y los tiros seguían, y seguían, pero ninguno entraba. Cualquier similitud con aquel primer tiempo del Argentina-Brasil de Italia 90, por el cual, de acuerdo al inolvidable “decime que se siente”, deben estar llorando aún en nuestros días los verdeamarelos, es pura coincidencia.

Pero a diferencia de lo acontecido en el Delle Alpi, en el minuto 20 del encuentro, luego de un pase largo de Khedira apareció solo, sin la marca ni de Martínez Montagnoli ni de Schunke, Mario Götze. Si, el mismo que había marcado el último gol alemán con tres campeonatos, fue el primero en marcar ya con el tetracampeonato en su haber. Ese fue el único tanto anotado en el primer tiempo, en el cual Argentina se salvó gracias a su arquero, y a que ninguno de los atacantes germanos estaban en su día. ¿El ataque? Lo único fue un disparo lejano de Soriano que pasó lejos del arco de Manuel Neuer.

En el entretiempo había caras largas. Todo era silencio. Hasta que Anconetani tomó la voz y dijo: “¿Saben una cosa? Ellos están cagados. Los ví en los últimos tres ataques. Estaban preocupados porque apenas nos metieron un gol luego de un motonazo de tiros. Hay que aprovechar ahora. Están heridos. Hay que atacarlos más. Como sea, pero hay que aprovechar que no están bien.

Las palabras del guardavalla albiceleste surgieron efecto. Martino resolvió la salida de Zuñiga y el ingreso por él de Diz, quien integraba el trío ofensivo con Soriano y Akerman. El recién ingresado fue quien tuvo la primera clara argentina, pero su tiro desde fuera del área pasó cerca del palo izquierdo de Neuer. Luego fue el turno de Soriano, cuyo disparo fue a parar a las manos del hombre del Bayern Munich. Pero al hombre del Deportivo Morón le tuvo reservado un deja vu: Montiglio saca el pelotazo en diagonal al área, y le gana la marca a Hummels y a Boateng, y le queda picando la pelota. Pero a diferencia de lo hecho por Rodrigo Palacio, la toca suavemente contra el palo derecho de Neuer, hasta que la pelota terminó besando la red. El grito de Akerman se escuchó hasta en Polonia. No fue solo su desahogo. Fue el de 40 millones de argentinos. Y eso que aún faltaba 30 minutos.

A partir de allí Alemania empezó a apelar al juego brusco contra los ignotos argentinos. A raíz de ello Brítez Ojeda se retiró lesionado, y lo sustituyó Fioretto. Ya por ese entonces, pero por motivos tácticos, también ingresaron Zambrano por Montagnoli, y Bottino por Nadal. A pesar de los golpes, Alemania decrecía en juego y Argentina, por el contrario, se agrandaba más. Tras la presión de Diz sobre Mertesacker, reemplazante de Boateng, recuperó la pelota, y dejo solo a Soriano con Neuer. Cuando estaba a punto de ganarle la posición, el hombre surgido del Schalke 04 lo derriba. Fue penal. Era expulsión, pero el inglés se apiadó del portero y apenas le sacó amarilla.

Martino no lo había pensado. Pero ya había decidido que quien patease los penales era el capitán Archubi. Cuando acomodó el balón, miró fijo a Neuer, dejando en claro que no le tenía nada de miedo. Pitó el árbitro y terminó disparando a la derecha del arquero, quien se tiró al lado opuesto. Gol argentino. Todos formaron una montaña humana sobre el pateador, quien se tiró al piso en el punto del penal cuando vio que su tiro entraba. Como si él no pudiese creer lo que veía. Algo que era cierto, pero no sólo con él, sino con todos los demás.

Argentina dispuso de algunas chances más, por parte de Diz y Akerman, pero los dos jugadores no pudieron acertar. Tras ello, Alemania, con más ganas que juego, fue a por todas por el empate a 10 minutos del final. Estuvo cerca primero con un tiro libre de Schweinsteiger, y luego con un tiro en el borde del área por parte de Toni Kroos. Sin embargo, en un córner, el centro del sucesor de Phillip Lahm en la capitanía teutona terminó cayendo en la cabeza de Andre Schürrle, quien sustituyó a Müller, y dejó sin respuestas a Anconetani. Era el 2–2.

Con el empate en el marcador, ya faltando poco para el final, Martino hace ingresar a Wilson Severino por Schunke. Los últimos minutos fueron lo más parecido a una pelea de borrachos que se haya visto: con muchísima imprecisión, pero buscando el golpe que termine liquidando la historia.

En el minuto 93 de 94, en un corner argentino, la ejecución de Montiglio fue rechazada por Mertesacker, pero Severino capturó el rebote y tiró de primera. La pelota dio en el travesaño, y la caída fue justo detrás de la línea. Era gol claro argentino. Todos abrazados unos y otros. Los alemanes tomándose la cabeza. Los presentes en el ESPRIT Arena vieron claramente el tanto albiceleste… menos los árbitros. El asistente dio lateral para Argentina, debido al puntapié que tiró de bronca Höwedes por aquel gol que no fue. Todos fueron a reclamarle al árbitro, pero no hubo caso. Pitó el final del partido como si nada hubiese pasado.

Las caras argentinas lo decían todo. Había mucha bronca y algo de tristeza por aquella victoria que fue arrebatada. Luego de unos minutos mirando al suelo, regresaron al túnel. Pero se encontraron a los jugadores y entrenadores alemanes haciéndoles un túnel y aplaudiendo a los jugadores, al igual que los más de 50 mil espectadores presentes en el estadio. Miraron todos para arriba y sonrieron. No había sido victoria. Pero salieron de la cancha con gloria. Una gloria única e irrepetible. Más para estos hombres, terrenales, que llegaron a tocar el cielo con las manos. Al menos, por unos pocos segundos.

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